Hoy, es Viernes Santo, la Iglesia entera se detiene en silencio ante el Misterio más grande de nuestra fe.
No es un día de luto vacío, sino de contemplación profunda: el día en que el Hijo de Dios, por amor infinito a la humanidad, entrega su vida en la Cruz para redimirnos del pecado y abrirnos las puertas de la Vida Eterna.
En la Cruz, Jesús asume todo el dolor del mundo, carga con nuestras culpas, nuestras inseguridades y nuestro abandono.
Allí, el Justo sufre por los injustos, el Inocente muere por los pecadores. Su Sangre Preciosísima, derramada por nosotros, se convierte en fuente de salvación, en baño de misericordia y en sello de la Nueva Alianza.
A los pies de esa misma Cruz, Nuestra Amantísima Madre de los Dolores en su Soledad permanece firme. Su corazón traspasado por la espada de dolor nos enseña la obediencia, la fidelidad y la corredención.
Como Madre de la Iglesia, nos acoge en su Soledad y nos invita a unir nuestro sufrimiento al de su Hijo, para que sea redentor.
Salimos a decir al mundo que la Cruz no es derrota, sino victoria; que el dolor no es final, sino camino; que la muerte de Cristo no es el fin, sino el principio de la Resurrección.
Que este Viernes Santo sea para todos nosotros un tiempo de conversión interior. Que el peso de la Cruz nos recuerde nuestra propia cruz diaria y nos dé fuerza para cargarla con amor y sacrificio.
Que la mirada silenciosa de Nuestra Virgen Dolorosa nos consuele y nos impulse a ser testigos vivos de la Caridad que brota del madero redentor.
Que el Señor, crucificado por nosotros, bendiga a todo Brenes, a nuestra Hermandad y a cada familia que hoy contempla su Pasión con fe y devoción.
En este día de silencio y oración, os invitamos a acompañarnos en la estación de penitencia que comenzará a las siete de la tarde, para que juntos vivamos el misterio de la Redención.


